jueves, 4 de octubre de 2012

Mi primer Googlino!


remedio a la crisis: azul de metileno

ya Indiana Polís le dio su dedo al pueblo
 y no bastó la grasa por pujar pa’dentro
                                 los toros son iguales cada cuatro años
                                                                    cuando se dejan matar por el político de meteorito fino:
un cuento sobre esto cuando mejore la cosa
por que ahora se llenaría de latas la Iglesia
                                                                     amén.
felicito la onomástica
                   Indiana Polís tiene barba colgada a la mentira
para saber a quién aplaude ante el miedo de los otros.
no quiere que se caigan los lazos de Europa
y dice que tampoco los de la mesa:
                            ¡hay buenas noticias ya que vamos a secar las banderas!
espero que nadie recoja a Nadie con una pancarta de
bajo o amplio espectro
que te da a escoger entre líderes de trastada
                                              como Indiana Polís:
que gastó los helicópteros con el dedo que nos quitó al pueblo.
“Pia, esto es otro verso de autor para hacer honor a mi puto nombre. Un beso.”
para tomarlo con risas
en la próxima mudada que coincida con huelga en la lupa:
nuestro Aventurero de Estado dio a luz una sombra
que nos marcha -la rubia- encima de que no podemos volver.
“Pia, permíteme sombrilla, a ver cuándo escampa el IVA.  ¡Líame un porrito anda!”

Indiana Polís no se ha ido.
el largo señala el camino a otros dedos
                                                 y una cerradura vuela para llorar con déficit público.
en el probador de las mamadas que realizamos con risa
donde no cabe un euro perdido en el camino del pastor alemán:
Indiana Polís pisó la cáscara de promesas
y resbaló sobre los indefensos que contaron hasta:
9,8,7,6,5,4,3,2…
“Así que Pia: ¡con los pobres del INEM
                        quiero yo otro pobre echar!”
una lectura correcta de los datos de la máquina:

lunes, 10 de septiembre de 2012

Juan se equivocó de paloma




-¡Ki ki ri ki!- Suena el gallo de la torre de la Iglesia Corazón de Jesús. El Sol no escucha mientras cambia de canciones en su Ipod, pero se levanta y escupe tras vaciar una de las rayas de la fuente de su costado.
-¡Sol, ayúdame!- Palomo interrumpe comenzando a temblar de frío. Había escuchado que los gritos transportan el pecado que se guarda en vida y con un nudo, prestado de las sotanas en que apoyamos nuestra confianza, se envían al Paraíso para ser reciclados. Allá en el cielo hay mucha paz, tanto, que Luz de Ifer, atento de seguir la música de Bob Marley con palmadas, enseña lo suficiente una mano con los dedos cruzados como la señal que indica a corderos la hora del pasto mientras otros limpian el rastro, y “¡tack!” Interrumpe el presente:
-¡Ki ki ri ki!- El gallo, que monta en seguida una fábula para realzar su hombría de corral, responde como si luchara por sus huevos sin ver al individuo que le plantea competencia.
Los gritos regresan con el eco de las paredes y alguno que otro se cuela en el frío de Palomo con alevosía. Hoy está urgencias fuera de servicio, así que nada me detendrá cuando lo despache con el tiempo que le he guardado. Víctima de sus intromisiones, de cada bolsillo le sobresale un juego de llaves que reproduce su figura o la mía y, según el lado en que se encuentre el favor de  mamá, nuestra Cristina va y viene con total dominio.
Palomo sube el escalón y la puerta aparece mostrando vaginas le que incitan a entrar con voces de sirena mientras facilita los fallidos intentos, que observa, echando una burla. Simula la unión de las almas que pululan la celda de ozono y puede que el perro que está escondido, tras subir al sillón del amo, le brinde su rincón de miseria favorito, que es la cadena que une los cuerpos para desfilar bonito en el escupidero que es la libertad.
Sin saber que el deseo atrae límites, el hijo de puta introduce la llave al ritmo que marca la lengua de la cerradura, le tira fuerzas a la derecha que es el lado más sensible y, para rematar la corrida con una inclinación, apoya su peso sobre la llave de mi madre (te quiero mamá). En eso, Palomo le pasa fuego a la piedra de tate que consiguió en el parque. Comenzaba a sentir el placer transmitido desde su llave cuando, de pronto, el alambre que dejé disimulado se le clava poniendo las escena fea.
-¡Ki ki ri ki!- Se escucha al gallo que resbala por la cornisa con la mano en el pecho dirigiéndose al suelo. Creo que sube al altar en las mañanas para reírse de la gente que piensa estar despierta y, como dudo que su pretexto sea ofrecernos el día, cae por la euforia: normal, Palomo atraviesa las voces del espacio con un grito distinto al urbano mientras disipa en el aire la mezcla de su último chivato.
-¡Sol, ayúdame, que soy tu hijo y habito cerca de ti!- Palomo grita anclado a la puerta que sigue succionándole la sangre. El astro se da por aludido y toma una dosis de polvo que se desfigura en la fuente de cristal, a lo que continúa apuntándole con el dedo medio y “¡tack!” Llega una segueta del cielo y la toma. El miedo le impide manipular el destino con precisión, estira y corta de un tajo como si se despidiera de mí, entonces, salva un trozo de la llave y la puerta se abre permitiéndole escapar. Juan Palomo ha dejado la soledad en mi camino, al tiempo que unas gotas hacen constancia de la altura que va tomando y siento los golpes de la emancipación.
“¡Ki ki ri ki...!”

lunes, 26 de marzo de 2012

El oyente

                                                                                         Pensado en mi seguidora Baby.
 03:00 hora local, una sirena me separa del cigarro. No hay luz, sólo veo al transformador en llamas espantar a los mosquitos de la zona, mientras cierro un poco la persiana sin alterar los golpes que escucho. No quiero volver a la cárcel, no lo merezco: ¡ha sido él quien la mato! Me dirijo a el sillón con el brazo sobre el hombro. Así mi cabeza tiene a mano quien le rasque cuando pienso en ella y regresa el picor: otro brote. El brazo izquierdo, que sostiene una botella de ron con huesos de algún desierto, también baila cuando ella aparece. Cada minuto la sirena aumenta su enfado en mis oídos y ellos, sin estar acostumbrados, me obligan a girar en el centro de la habitación. No consigo volar, ni siquiera desde una ventana como me demostró la vida antes de marchar ella, pero el alcohol hace milagros con la arena y lo tiento por si los fantasmas. Parece que ha vuelto la luz y las bombillas del barrio pestañean a pesar de las legañas que formaron los insectos. Por un momento interrumpo a mi brazo derecho y terminan los altos placeres. A ciegas, tanteo la pared donde posiblemente se encuentra el pulsador eléctrico. Es un hostal antiguo, tanto, que no se atreve a sostener el maquillaje que bisiestamente le tiran a la cara. Todo indica que nunca existió tal interruptor en la habitación, ya que sobresalen de la pared dos cables sin color, abrazados por un gancho en la punta con el que alguien resolvió el falso contacto que, seguramente, hubo. Los despego y vuelvo a unirlos por ciclos, durante un rato sin resultado.
 Es la policía, desde la calle, quien dirige la ceremonia de mi captura. Me escondo bajo los muelles de la cama. Así, tal vez, la oscuridad ahogue sus linternas cuando lleguen a aquí. “Todo saldrá bien: ¡soy inocente!” La sirena desgañita que salga con las manos en alto, que me arrodille sobre los cables que desataron al poste en llamas, que me entregue... Entra una cortina de carbón por el ojo de la cerradura y, poco a poco, suplanta el techo como si me protegiera del posible desplome. Rápidamente cubro mi nariz con la camiseta. No pienso en rendirme. No, exijo más que las granadas de humo que espantan a las ratas y alteran su tráfico por el vacío de la pared. Miles de ellas escapan mientras los muelles se enredan en mi cabeza y cesa el picor. Es octubre, tiempo de huracanes, y el calor que provocó el ron en mi estómago se vuelve externo. Me sumerjo en sudor como el barco que no atracó en las colonias. Estoy muy cerca del infierno, incluso después de pagar ante los hombres. La sirena, la luz fugaz, el humo y las ratas vuelven a insinuarme que abandone la habitación. Me estallan los nervios en una disputa por el último oxígeno en pie y aparece ella, más legible que siempre, en su gala de esplendor. Se acerca a mi refugio y, cada paso, me entrega una porción mayor de sus pies. Una rodilla se posa en el suelo y la otra le acompaña. Consigo acariciar algún cabello con los dedos. Está dentro del refugio aunque parece estar, más bien, dentro de mí y me roba una lágrima de la mejilla. Me recuerda que la quise, que huya, que la policía no marchará hasta encontrarme o dejar el espacio en cenizas y que entonces, y sólo así, volveré a nacer. ¿Pero cómo huir de ella si, nadando en su muerte, la adoro? Me descubre con un beso y el fuego recorre la pared de la ventana. Ella está sobre mi cuerpo y consigo apretarle las nalgas mientras me asfixia con su lengua buscona. Hay tiempo hasta que la policía de con nuestro escondite. Además, ella es la prueba real de cómo su sexo saborea el mío y me vuelve libre. El infierno cede fuegos al edén para que no pierda el vestido de humo, y ruido, que nos sirve de almohada y, bajo los muelles de la cama, veo claramente la materia.
 Ella descansa, más muerta que un sueño, sobre mi pecho. Persigo con el pie el paquete de tabaco que se encuentra en el suelo y logro arrimarlo hacia el brazo derecho. Tomo uno y lo enciendo en el logradísimo fuego de la mesita de noche, que se tambalea, mientras contagia a la cama. Ella despierta, grita y desaparece. ¿La habrá capturado la policía? Salgo en su búsqueda a través de la rejilla en la ventana y no la encuentro. Tampoco veo al cuerpo policial. Sólo hay fuego desde el poste al edificio y humo, desde este, hacia el cielo. La gente prudente, que está lejana, refleja la caída de los andamios en sus caras. Nadie sabe del ocupante de la habitación número 13, a nadie le interesa. Entonces, la sirena muere y marcho temeroso por encima del cable que se pierde en la sombra.

viernes, 23 de marzo de 2012

El ascenso

 Carne me persigue. Hay noches que no deben ser transitadas si regresas de la casa de un adicto sin compañía. Allí gané en algunos juegos de la Play para camuflar mi derrota ahogada en una botella de vino. Todo está tranquilo después de llover, y los muertos no molestan el tránsito solitario de mi zigzagueante virilidad. El ático que nos mantenía cautivos comparte la cama con dos gatos y algo de ambiente psicodélico para dar el toque sutil a la sala sobre los ladridos del perro del garaje: un perro silente. Recuerdo al amigo J divagar en una isla sin tierra, allá en otro sitio, na-isla-da en el mar... Todo lo cubría la bendición del hombre, hasta que J me dio las buenas noches. Después B13, mi mejor adicto, se aseguró de que fuera derecho a la puerta y no robara la Scooter de poco consumo que tiene en el garaje. La necesito para que Carne no me alcance cuando deje la morbosidad de sus tendones en el asfalto. No pude tomar la moto y ella se acerca, paso a paso, a pesar de mis zapatillas de gamuza: está viva y viene para llevarme. Hace frío. Sólo yo le temo. Ella fastidia la aglomeración de pesadillas que pulula entre las ventanas cerradas y el techo descuartizado que sostiene el satélite lleno. ¡Dios, líbrame de Carne y sus santas credenciales para no ser parte del asadero!
 “B13, espera. Tengo miedo de la carne: está ahí y me mira.”
 B13 sonríe cuando cierra la puerta y mantiene sus carcajadas durante el trayecto de subir las escaleras. Después apaga la luz para condenarme en la soledad del regreso: ¿acaso Carne le ha alcanzado y soy el trofeo de una emboscada? Estoy solo. Mi mente, arrinconada en la pared, abre la ventana a un sonido carnoso. Se alivia de no pagar sus deudas con llanto mortuorio, ya que Carne, es una vía efectiva para ser recordado con lástima, donde todo pasa pero hay silencio, siempre el mismo: Carne nos enferma de silencio. De pronto, me desboco en una carrera de digeridos que no quieren ser chupados y el goce que el viento provoca en mi adrenalínico cuerpo se hace tortura cuando me empuja su aliento. En esta noche, más fresca que nunca, le gusta llenar las calles de los trozos que desprende para crecer en su terrorífica materia. La lluvia de la tarde desplegó la alfombra roja sobre las vías para que, los que van a morir, puedan presumir del más alto glamour para recibir a Carne.
 Caigo al suelo después de mirar atrás. El pie derecho responde con un ligero dolor y no acata mis ordenes de movimiento. Me arrastro para complacer el delirio de mi perseguidor y las manos se apropian del polvo y alguna cosa más: encontré la colilla de tabaco que tiré cuando fui en sentido contrario y me alegro, necesito fumar mientras permanezco vivo. Arrastrándome de espaldas, consigo liar un cigarro con sabor a cenizas. En eso, atravieso un hormiguero y pido ayuda: “help! I need somebody” y, en cuestión de segundos, responden mutilando mi pie fracturado. Ahora me encuentro más ágil y aventajo a Carne en velocidad de arrastre. A veinte metros, el portal de mi edificio enciende luces de neón como si fuera bienvenido. He contenido la hemorragia con el cinturón y los pantalones se aferran a las grietas del suelo, quedan rezagados ante mis impulsos por subsistir. De pronto, en un cementerio de vidrios, un minusválido me invita a pasear. Me aproximo gastando mis manos y no el tiempo, el único que ofrece esperanza a la presa y no a Carne. Consigo arrebatarle la silla de ruedas y un noventa por ciento de mi cuerpo llega al portal. Carne se abalanza sobre mí y con dificultad introduzco la llave correcta para penetrar la puerta con himnos de salvación. Carne sigue su rumbo sin mirar a través del cristal. El ascensor no funciona y tomo las escaleras.